El Mundo - 07.08.2019

(Axel Boer) #1

EL MUNDO. MIÉRCOLES 7 DE AGOSTO DE 2019
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OTRAS VOCES


EL MES pasado se cumplieron diez años de la muerte
de Leszek Kolakowski, uno de los más agudos críticos
del comunismo. O del socialismo o del marxismo, que
tanto da para los más agrestes. Ahí está su monumen-
tal repaso en tres volúmenes, Las principales corrientes
del marxismo, desigual pero con capítulos extraordina-
rios, entre ellos algunos que hacen digeribles a autores
de prosa oscura y exposición descabalada, tan propi-
cios a la ilusión de profundidad (uno echa a faltar un ca-
pítulo sobre Benjamin a ver si finalmente pilla el busilis
que tantos valoran). Joven promesa del Partido Comu-
nista polaco, en 1966 es expulsado del partido y en 1968
de la universidad, año en el que acabó por recalar en el
All Souls College de Oxford, donde permanecería has-
ta su muerte, siempre cultivando una filosofía con afán
de claridad, de precisión en las palabras y de limpieza
en los argumentos, como corresponde al mejor queha-
cer analítico anglosajón, con una importante diferencia
respecto a lo que es común en esa tradición: no orilló
los asuntos importantes ni tampoco las escaramuzas
(En Revista de Libros pueden encontrar un sabio repa-
so de su quehacer de la mano de Julio Aramberri).
Entre las escaramuzas sobre grandes asuntos desta-
có su polémica en 1973 con el historiador marxista E. P.
Thompson, autor de La formación de la clase obrera en
Inglaterra (1963), un clásico (poco marxista) de la his-
toriografía, a quien vapuleó en un magnífico –y diverti-
do– trabajo Por qué tengo razón en todo. Buena parte
del debate se refería a si no cabía otro socialismo posi-
ble al que realmente cuajó, a si la aspiración a realizar
el socialismo era inseparable inevitablemente del tota-
litarismo o si, por el contrario, la deriva estalinista ha-
bía que achacarla a circunstancias históricas, al viento
sucio de la historia, que diría Salinas.
El mismo año de su muerte, en una interesante en-
trevista de Pura Sánchez Zamora publicada en la revis-
ta de FAES, volvió sobre el asunto. La entrevistadora le
preguntaba acerca de un intercambio epistolar entre
François Furet y Ernst Nolte (1994) en la que, a cuenta
de la valoración compa-
rada entre fascismo y co-
munismo, el historiador
francés había argumenta-
do la superior perversi-
dad del fascismo. La opi-
nión de Furet no era bala-
dí. En 1995 había
publicado Le passé d’une
illusion. Essai sur l’idée communiste au XXe siècle, obra
en la que abordaba su particular caída del caballo des-
pués de años de militancia comunista. Entre otras co-
sas, aquel trabajo desmenuzaba los motivos por los cua-
les gran parte de la intelectualidad de izquierda euro-
pea había ignorado la verdadera naturaleza del régimen
soviético. Una ignorancia, a su parecer, voluntaria, im-
propia de quienes tienen la obligación moral de funda-
mentar responsablemente sus convicciones. Hay que
situarse en la atmósfera intelectual de la historiografía

francesa para hacerse cargo del enorme coste político
y personal que Furet asumió al publicar aquel ensayo.
Pues bien, en su respuesta el filósofo polaco confesa-
ba estar de acuerdo con Furet: «Uno puede etiquetar a
ambos como ‘totalitarismos’; pero el racismo, la creen-
cia en la superioridad de una nación y el intento de des-
truir físicamente otras naciones por entero –naciones
enteras, como los judíos en tanto que raza– y reducir a
esclavitud a las así llamadas ‘razas inferiores’, todo eso
fue la idea nazi. Uno no puede decir que el estalinismo
hiciera lo mismo o algo similar; no fue similar. Por su-
puesto que el estalinismo fue espantoso, pero no fue lo
mismo (...). La ideología leninista-estalinista, aun cuan-
do sirvió de instrumento a tanto terror y tanta esclavi-
tud, estaba llena de eslóganes humanistas. La ideología
de Hitler no lo estaba. En consecuencia, la ideología na-
zi se hallaba mucho más cerca de la realidad nazi que
la ideología comunista de la realidad comunista. La
ideología comunista y la realidad comunista estaban
considerablemente alejadas: todo era una gran menti-
ra. Sin embargo, en el nazismo, esa distancia entre ideo-
logía y realidad era casi inexistente. Los nazis dijeron lo
que querían conseguir».
La réplica más inmediata, y más común, ante opinio-
nes como las de Furet y Kolakowski acude a la aritmé-
tica, a la contabilidad de muertos. Esa fue la tarea abor-
dada con paciencia de agrimensor por Stéphane Cour-
tois, editor del El libro negro del comunismo: crímenes,
terror y represión (1997). Según sus cuentas, el comu-
nismo sería responsable de cerca de cien millones de
muertos. El número ha sido objeto de discusiones, al-
gunas de detalle empírico, y en las que la posición ideo-
lógica no siempre es la que cabría anticipar (así, la mo-
numental investigación en el caso del Gran Salto Ade-
lante, Tombstone, fuente fundamental de los muertos
chinos, fue realizada por un periodista comunista, Yang
Jisheng), y otras de principio, por problemas metodoló-
gicos no muy diferentes de los que impiden agavillar
cualquier asesinato de una mujer a manos de un hom-
bre bajo la etiqueta «violencia de género»: no todo cri-
men realizado por un co-
munista o en una socie-
dad comunista era un
crimen realizado en
nombre del comunismo.
En todo caso, por más
que se ajusten las cifras,
si el debate se desarrolla
en ese terreno, no caben
dudas acerca de la supe-
rior maldad del comu-
nismo. La duda es si ese
es el terreno donde se di-
lucida la perversidad
ideológica. Después de
todo, resulta perfecta-
mente imaginable una
ideología consustancial-
mente satánica, cuyo
único principio sea aca-
bar con la especie huma-
na que, por impotencia o
inutilidad de sus cultiva-
dores, nunca se lleve a la
práctica. Y no creo que
los críticos del comunis-
mo le atribuyeran menos
maldad si, por un desca-
rrilamiento en el tren blindado, Lenin no hubiera llega-
do a San Petersburgo y el bolchevismo nunca hubiera
triunfando. Debemos prevenirnos antes de establecer
relaciones biunívocas entre ideologías y prácticas polí-
ticas. No debemos olvidar el famoso mensaje de Mada-
me Roland en la Plaza de la Revolución un 8 de noviem-
bre de 1793 instantes antes de colocar su cabeza bajo el
cepo de la guillotina: «¡Oh, Libertad!, ¡cuántos crímenes
se cometen en tu nombre!». Ni tampoco, por cierto, el
mal rollo de algunos pasajes bíblicos que tan escaso
margen dejan a la fraternidad universal, por más que se
estiren las interpretaciones con apelaciones al lengua-
je figurado.
El propio Kolakowski en un texto de 1977, Las raíces
marxistas del estalinismo, había perfilado el debate y
sus exactas preguntas. Allí, a pesar de reconocer que

«Marx nunca escribió nada respecto de que el reino so-
cialista de la libertad consistiría en el gobierno despóti-
co de un partido», defendía la tesis de que el socialismo
inexorablemente estaba vinculado al totalitarismo, de
que «todo intento por aplicar los valores básicos del so-
cialismo marxista tendería a generar una organización
política de características indudablemente análogas a
la estalinista».

A MI PARECER, el filósofo polaco, no excesivamente
competente en teoría social, aunque realizaba las pre-
guntas correctas, no atinó con su respuesta. Demasia-
do rotunda para los argumentos aportados. Me quedo
con otra, de uno de los más exquisitos filósofos políti-
cos de los últimos cincuenta años, Gerald A. Cohen, ca-
tedrático en Oxford, en el prólogo a un libro que coedi-
té, con Roberto Gargarella, que tenía precisamente por
título, Razones para el socialismo: «¿Deberíamos con-
cluir que lo que creíamos que era bueno, la igualdad y
la comunidad, en realidad, no era bueno? Tal conclu-
sión, aunque es una a la cual se llega frecuentemente,
es una locura. Las uvas pueden estar realmente verdes,
pero el hecho de que la zorra no las alcance no nos de-
muestra que lo estén. ¿Deberíamos concluir, en cambio,
que cualquier intento de producir este bien particular
debe fracasar? Sólo si pensamos que sabemos que ésta
era la única forma de hacerlo posible, o que lo que hizo
fracasar este intento hará fracasar cualquier otro, o que,
por alguna( s) otra( s) razón( es), cualquier intento fra-
casará. Creo, en cambio, que no sabemos ninguna de
estas cosas».
Si las cosas son de ese modo, la diferencia, la impor-
tante diferencia, entre fascismo y comunismo radica, en
su presentación más abrupta, en la elegida barbarie en
los fines del primero y la resignada barbarie en los me-
dios. Por supuesto, eso no excluye la posibilidad de que
la barbarie en los medios, la que, por ejemplo, lleva a le-
vantar campos de reeducación para forjar hombres
nuevos, pueda resultar, de facto, más cruel que la bar-
barie en los fines. Eso sí, la crueldad de los fines no con-

templa ni siquiera las dudas, sobre todo, si, como suce-
de con el fascismo, se combina con la barbarie en los
medios.
Los socialistas que no han abandonado el compromi-
so racionalista defienden que la barbarie de los medios
no es inevitable, que no hay una contradicción insupe-
rable entre los ideales de la revolución francesa, que no
otra cosa es el socialismo, y las instituciones llamadas a
su realización radical. Algunos esperamos que no exis-
ta esa contradicción.
Pero también sabemos que la expresión de un deseo
no es un argumento.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Uni-
versidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reac-
cionaria de la izquierda (Página Indómita).

Si el debate se desarrolla en el
terreno de las cifras, no caben
dudas acerca de la superior
maldad del comunismo

JAVIER OLIVARES

A raíz del décimo


aniversario de la muerte de Leszek


Kolakowski, uno de los más agudos


críticos del comunismo, el autor analiza la


evolución y las consecuencias de las dos


ideologías que determinaron el siglo XX.


TRIBUNA iPOLÍTICA


Fascismo y


comunismo


FÉLIX OVEJERO

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