El Mundo - 07.08.2019

(Axel Boer) #1

D E V E R A N O


EL MUNDO. MIÉRCOLES 7

HOJA Nº (^22) AGOSTO DE 2019 E N P O R TA DA


FUEGO


Y


ARENA


«Pedro Sánchez insiste en
que su intención es agotar la
legislatura». Bajo el titular
ya caduco hay una foto del
presidente en funciones con
las cejas en alto, como
creyendo aún que esa
insistencia daría sus frutos.
Las páginas de El Adelan-
tado que recogen la noticia
están cuidadosamente
dobladas en cuatro y
empapadas en agua,
mientras esperan su turno.
Una mano coge el periódico,
suave pero firme, posa
encima una masa
incandescente y la hace
girar. Saltan chispas, brota
incluso alguna llamarada.
Sánchez acaba más
quemado sobre el papel de
lo que acabó en el Congreso
siete meses después de
aquellas palabras. La
periodista observa la escena
y reflexiona: al menos
seguimos sirviendo para
algo, ¿no?
Las historias de Diego,
Rafa e Igor, los tres últimos
maestros sopladores de
vidrio de España, son todas
historias de amor. «De
amor-odio más bien»,
apunta alguno. ¿Y cuál no?
Dicen los tres, como si
hubieran pactado la
coartada, que «si lo pruebas
no lo dejas nunca».
Con pequeños cambios
en los materiales, su día a
día es el mismo que el de
sus ancestros en el siglo I a.
C., y eso añade
romanticismo a un oficio en
serio peligro de extinción.
Diego, Rafa e Igor son el
último reducto de un arte
milenario que amenaza con
perderse sepultado bajo la
perfección low cost en serie
de las máquinas.
Catorce años tenía Rafa
Abdon cuando pronunció
las palabras mágicas:
«¿Puedo intentarlo?». Lo
recuerda hoy su padre,
Rafael senior, delante de un
plato de judiones de La
Granja, porque para hablar
de lo suyo nada mejor que
venirse al santuario del
vidrio soplado, a 10
kilómetros escasos de
Segovia pero como
suspendido en el tiempo a
siglos de distancia.
Rafael padre cristalizó la
tradición vidriera de
L’Olleria en La Mediterrá-


nea en 1975 y convirtió la
firma en un referente
mundial del diseño.
«Fabriqué yo mismo el
primer horno», presume.
Sus coloridas vajillas
artesanales vistieron miles
de mesas aquende y allende
los mares, se exhibieron
hasta en el MoMA de Nueva
York... pero no
sobrevivieron a la crisis y al
made in China. Todavía
corrían buenos tiempos en
el pueblecito valenciano
cuando su primogénito
entró en la fábrica una tarde
y quiso probar.
Al Rafa adolescente
aquello se le daba
especialmente bien: «Nadie
está ya soplando a los pocos
días de empezar a manejar
la caña, pero él sí», relata el
padre con orgullo. «Era
como una droga», recuerda
él. Los sábados por la
noche, mientras sus amigos
salían de fiesta con las
motos a recorrer la ruta del
bakalao, él asaltaba la
fábrica cerrada para

procurarse su dosis de
vidrio fundido; para hacer
girar la masa incandescente
hacia un lado, hacia el otro;
para verla crecer como una
pompa, hinchándola con su
aliento; para crear formas
imposibles con sus manos.
«A mi novia sólo la veía los
viernes, ahora es mi
mujer...», se disculpa.
Entró a trabajar en La
Mediterránea al acabar el
instituto y desarrollaba su
arte después del cierre, pero
el volumen de trabajo
rutinario de producción le
devoraba el tiempo y las
fuerzas. Era la lucha del
hombre contra la máquina
y, por desgracia, había poco
que hacer. Tres sopladores a
pleno rendimiento, un
cortador y un fundidor
lograban sacar 1.600 vasos
en ocho horas de trabajo. «Y
no, no daba para pagar las
nóminas».
Así que hoy Rafa vive de
gira como una estrella del
rock, de Murano a la
República Checa y

viceversa. Esculpe figuras
imposibles, ondulosas,
llenas de detalles. Calaveras
sonrientes, manos de dedos
largos y gesto delicado,
rosas de pétalos esponjosos,
lámparas como tentáculos.
Cada pieza le lleva horas
y horas, jornadas enteras de
trabajo, porque el vidrio es
tozudo y un desafío a la
paciencia. Desde que sale
del horno, el artesano tiene
apenas un minuto para
trabajarlo, girándolo en una
lucha constante contra la
gravedad. Después, la masa
se endurece y se acabó. Hay
que volver a empezar. Y un
error suena como cuando se
te cae un vaso al suelo pero
es todavía más frustrante.
Es ese pequeñísimo lapso
de tiempo que el vidrio
concede a las manos del
artesano el que sigue
conquistando a Diego
Rodríguez, día tras día, en la
Real Fábrica de Cristales de
La Granja. «Es esa
concentración», musita.
Le gusta el proceso, tomar
una materia inerte y «darle
vida»: «El vidrio me da
poder, con él tengo el poder
entre mis manos, consigo
hacer magia y darle la
forma que yo quiero».
Diego es un showman.
Camina de un lado a otro
del taller caña en ristre,
sonrisa de oreja a oreja, voz
proyectada y dicción
perfecta. Con mucha
delicadeza y unas pinzas
grandes y rudimentarias
estira esa masa al rojo vivo,
la capa superior hace hilillos
«como de miel» y él los
convierte en las patitas de
un caballito rampante que
de los tonos naranjas
cristaliza en transparente
para deleite de los niños...
y para el suyo propio.
Disfruta observando en el
rostro de los demás esa
fascinación hipnótica que le
provoca la espiral que forma
la lava al girar.
Llegó al vidrio por
casualidad. Buscaban
aprendices en la fábrica que
daba de comer a su pueblo,
probó y nunca más lo dejó.
«He sido camarero, he
trabajado en Telepizza, he
hecho muchas cosas en mi
vida pero todo ha ido
siempre enfocado a esto»,
dice. Se ha construido
incluso un par de hornos
portátiles y va por los
pueblos haciendo un

espectáculo en el que
mezcla música, baile y
vidrio soplado.
Lo dicho, un showman.
De su taller salen obras
de arte por encargo, frascos
para perfumes exclusivos,
hasta botellines de cerveza.
«Me dedico a un oficio del
pasado que estamos
regenerando para que se
convierta en el futuro»,
afirma, «porque sin
nosotros no hay nada;
sin nosotros no hay diseño.
Nosotros hacemos el arte,
nosotros creamos los
prototipos y después ya
vendrán las máquinas».
El gran reto al que se
enfrenta hoy un artesano es,
para Igor Obeso, «no perder
la ilusión», tan crudo como
eso. Responde al teléfono
desde Irún, donde tiene su
taller, y traslada su relato al
otro lado de la frontera y al
año 97, cuando trabajaba el
metal con su padre. «Un día,
durante una excursión pasé
por un taller de vidrio
soplado y me quedé
fascinado», recuerda, «entré
y le dije al tío que yo quería
aprender. Al día siguiente
empecé como aprendiz».
En tres años tenía su
propio taller, pero le
quedaban aún muchos más
para alcanzar la maestría.
«El aprendizaje es muy
duro, muy largo, muy
tedioso, pero hay algo que te
engancha siempre», cuenta.
La suya es una generación
que, quizá por pura necesi-
dad de supervivencia, ha
apostado por la apertura de
un oficio tradicionalmente
anclado en la reserva. Son a
sus antecesores algo así
como el creative commons
al secreto industrial.
Antes, no hace tanto, los
maestros guardaban sus
técnicas con celo, no
enseñaban más que a unos
pocos privilegiados,
soplaban incluso entre
biombos para que el de al
lado no se copiara una
nueva técnica, no fuera a
hacerlo mejor; ahora Igor
ejerce de anfitrión para
sopladores de todo el
mundo. «Así nos ha ido, por
eso sólo quedamos tres»,
lamenta. «Hay temporadas
en que dices: qué necesidad
tengo yo de andar con esta
batalla», reconoce, «porque
somos súper anacrónicos,
vamos al revés de como
funciona el mundo». No

POR SARA POLO
FOTOS: ALBERTO DI LOLLI


RESISTENTES


DE UN OFICIO


MILENARIO


Con los tres


últimos maestros


sopladores de


vidrio. El ‘low cost’


y la producción en


serie amenazan de


muerte a un oficio


milenario que


sólo persiste en


pequeños talleres


artesanos.


Diego Rodríguez,


Rafa Abdon


e Igor Obeso son


la resistencia


y comparten una
misión: dar futuro

a un arte del pasado


a fuerza de sudor


y mucha paciencia.
Casi tanto como

la necesario para


dar vida al cristal


incandescente


El valenciano Rafa Abdon ha desarrollado la faceta más artística del vidrio. FOTOS: ALBERTO DI LOLLI

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