El Mundo - 07.08.2019

(Axel Boer) #1
EL MUNDO. MIÉRCOLES 7

HOJA Nº (^24) AGOSTO DE 2019
D E V E R A N O
L I T E R AT U R A
CON VEINTE AÑOS me
dieron una beca para irme a
estudiar literatura a una
universidad católica de Chicago,
la Loyola (Louyoula, aprendería
a llamarla para que me enten-
dieran). En mitad del campus
había una estatua del corres-
pondiente guerrero de Dios que
flipabas. Yo, por entonces y a
esa edad, flipaba con todo y a
todo lo que me flipaba me
adhería. Con la placa del
pedestal, que explicaba que San
Ignacio venía del Basque
Country, flipaba. Con la placa
que había puesto el Gobierno de
Navarra en la casa natal de
Hemingway, flipaba (¿qué
mágica o geoestratégica
conexión había entre la orilla
Suroeste del lago Míchigan y los
Montes Vascos?). Con el primer
libro en inglés que leí en mi
vida, flipaba, y ese libro fue Sula
de Toni Morrison. Flipaba con
que Toni fuera el nombre de
una mujer que ni se siente un
hombre ni pretende hacerse
pasar por un hombre. Flipaba
con esa libertad de género como
flipaba con la profesora que nos
mandó leer el libro: una rubia
pin-up cuajada de tatuajes y con
los ojos maquillados a lo Amy
Winehouse (que por entonces lo
petaba). Flipaba con que una
feminista como Mrs. (o Ms., yo
PALITO
FLIPANTE,
MAMI
POR CRISTINA
MORALES
«Érase una vez una anciana.
Ciega. Sabia [...] En la versión
que conozco, la mujer es hija
de esclavos, de raza negra,
norteamericana, y vive sola en
una casita a las afueras del
pueblo». Así empezaba Toni
Morrison su discurso de
aceptación del Premio Nobel
de Literatura en 1993: la
mirada, los ojos y la raza. Igual
que Pecola, protagonista de
Ojos azules, que marcó el
inicio de su tardía carrera
literaria –a los 40 años–
buscando el color de ojos de las
muñecas blancas. Y de ahí la
mirada hacia la esclavitud,
hacia lo afroamericano y hacia
la mujer sobre la que se
fundamenta una obra literaria
con cúspide en Beloved (1987).
Chloe Anthony Wofford,
nacida bajo ese nombre en Ohio
en febrero de 1931 y
consagrada bajo el de Toni
Morrison –apodo familiar y
apellido de su esposo, el
arquitecto Harold Morrison–,
murió ayer en un hospital
neoyorquino a los 88 años.
Sobre esos 88 años reposan ser
la primera mujer afroamericana
en ganar el Premio Nobel de
Literatura (1993) y el Pulitzer de
Ficción (1988) y convertir a Bill
Clinton en «el primer presidente
negro de los Estados Unidos» 10
años antes de que Barack
Obama pisara el Despacho Oval
de la Casa Blanca.
«A pesar de su piel blanca,
éste es nuestro primer
presidente negro. Más negro
que cualquier negro verdadero
que pudiéramos ver electo en
nuestras vidas», expresaba la
escritora en 1998 en pleno
escándalo Lewinsky. Once años
después, en una entrevista con
este diario, se mostraba
entregada a Obama: «¿Cuándo
se ha visto en un político esa
capacidad para la reflexión, esa
viveza para las imágenes, ese
oído para los diálogos?». Una
«negritud» de Bill Clinton
asentada, según Morrison, en
«un hogar monoparental, nacer
pobre, de clase trabajadora y
tocar el saxo».
La misma clase trabajadora
en la que ella desarrolló su
infancia con un padre obrero y
una madre ama de casa, el
mismo saxo que pasea por las
páginas de Jazz (1992), con la
migración de los negros del sur
de Estados Unidos hacia la
búsqueda de libertad en el
norte. Siempre la raza, la
mirada negra: «Yo escribo para
negros, no tengo porqué pedir
disculpas», aseguraba en una
Toni Morrison. Fallece a
los 88 años la primera
mujer negra de EEUU
que ganó el Premio
Nobel de Literatura. La
autora de ‘Beloved’ y
‘Jazz’ fue una
apasionada cronista de
su comunidad y de su
cultura
LA MIRADA
DE LA RAZA
Y LA ESCLA-
VITUD
AFROAME-
RICANAS
POR PABLO R.
ROCES
qué sabía si estaba casada)
Ullmann pudiera ser un pivón,
porque el patriarcado me tenía
bien enseñado que las mujeres
suculentas lo están siempre al
servicio del placer masculino y
de nada más.
«Cristina, lee, por favor, la
escena de la penetración», me
pidió Ullmann, pero en inglés.
Leer en inglés en voz alta y que
ninguno de los 30
angloparlantes nativos que
había en el aula se riera de mí
era también flipante (hay pocas
cosas tan flipantes como el
respeto hacia quien no se
encuentra en una situación de
privilegio). No estaba segura de
haber entendido bien a la
profesora, no recordaba haber
leído ninguna penetración en el
capítulo que íbamos a analizar
aquella tarde. «¿La
penetración?», pregunté muerta
de vergüenza. «Sí, la escena del
palito». En efecto, en Sula
ocurre que una niña negra y
una niña blanca, muy pequeñas,
clavan un palito en la tierra
mientras hablan y mientras
callan acerca de cómo les va la
vida. El palito horada el suelo
suavemente, sin esfuerzo,
porque cuanto más penetra,
más húmeda encuentra la tierra.
Flipaba con cómo me había
pasado desapercibida la
metáfora y con cómo la profe no
veía una metáfora, sino un
genuino juego sexual
deslocalizado. Bautizo literario
feminista, interracial e
intergeneracional, alianza
espontánea de las afines con
Sula como motivo: ¡qué bien
escrito por una y qué bien leído
por muchas otras, mami!
entrevista en The Guardian.
Sin pedir disculpas forjó una
carrera literaria desde sus
inicios como editora en
Penguin Random House, tras
graduarse como filóloga en la
Universidad Cornell (Nueva
York), con la comunidad negra
como inspiración difundiendo
a autores como Angela Davis o
Henry Dumas. Y de ahí fueron
naciendo Ojos azules, Beloved,
Jugando en la oscuridad, Una
bendición, Home o su última
novela, La noche de los niños.
Entre medias, Tar Baby
(1981), su primera novela con
personajes blancos en una
carrera marcada por «la
negritud» absoluta.
Y, explorando en esa
negritud, nace el amor como la
otra fuente literaria de una
prosa poética que marcará una
carrera que se extenderá casi
cinco décadas hasta convertirse
en «un tesoro nacional», como
expresó ayer Obama tras
conocer el fallecimiento. El
mismo Obama que la sedujo
«antes como escritor que como
político» y que se entregó al
«desafío hermoso y
significativo» de su escritura:
«Qué regalo respirar el mismo
aire que ella, aunque solo sea
por un tiempo».
Ese aire poético que
impregna sus páginas y que
enmarca un retrato social de la
discriminación racial en los
Estados Unidos de los últimos
siglos: desde la esclavitud de la
Guerra de Secesión al camino
avanzado en la actualidad. La
Historia afroamericana en la
mirada, otra vez la mirada, de la
primera escritora negra con un
Nobel de Literatura. «Miren.
Cuán hermoso es esto que
hemos hecho juntos», finalizaba
aquel discurso en 1993 que
arrancaba con la anciana sabia
y ciega. Sabia y racial, pero
nunca ciega.
La escritora
estadounidense
Toni Morrison
en el año 1985.
CORBIS

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