El Mundo - 17.10.2019

(Axel Boer) #1

EL MUNDO. JUEVES 17 DE OCTUBRE DE 2019
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ESPAÑA


En efecto. Ni instrumental ni funcional ni
preordenada. La violencia del martes, y de
los días que vendrán, en las calles de Barce-
lona no tuvo ninguno de los requisitos que la
sentencia del Tribunal Supremo considera
indispensables para la rebelión. Los cacho-
rros altamente hormonados de la burguesía
nacionalista respondieron a la llamada de
sus mayores –rectores universitarios que de-
claran suspendidos exámenes o prácticas,
capellanes contra la democracia que llaman
al desacato de la sentencia o políticos como
‘El Valido’, hasta tal punto cobardes que pu-
diendo ejercer directamente la violencia la
practican por persona interpuesta– agre-
diendo a la Policía, destrozando el mobilia-
rio urbano y encendiendo hogueras. Una
violencia que, obviamente, se agota en sí
misma, y no pretende construir la indepen-


dencia ni revocar sentencia alguna. Una vio-
lencia póstuma, hija de la rabia y huérfana
de la idea. Su carácter permite advertir, por
contraste, cómo el Proceso fue hasta su de-
rrota de octubre un ejercicio de violencia ins-
trumental, funcional y preordenada, por res-
petar la tríada adjetiva del Supremo.
Desde que decidieron ignorar las primeras
advertencias del Tribunal Constitucional so-
bre la ilegalidad de las decisiones parlamen-
tarias que iban tomando, los dirigentes inde-
pendentistas confiaron en que la violencia,
de acuerdo con cualquier proceso revolucio-
nario canónico, compensara la ausencia de
ley y acabara por establecer una ley de nue-
va planta. La formulación de una neolengua
siempre ha estado entre las primeras y pe-
rentorias necesidades del nacionalismo –ni el
más fanático nacionalismo puede superar la
profunda vergüenza que se causa, por lo que
desde la raíz es indispensable el maquillaje
eufemístico– y a su violencia la llamaron paz.
A lo largo del Proceso se fueron producien-
do innumerables variantes. La más sinuosa y
eficaz fue la intimidación. Desde Pujol, el na-
cionalismo catalán ha sido la historia de una
intimidación. Pero el Proceso acogió diversas
materializaciones. Una de las más tempranas
y turbadoras la protagonizó precisamente el

delincuente Oriol Junqueras cuando en
2013, y en Bruselas, amenazó con paralizar
la economía catalana si el Estado impedía la
autodeterminación.
En la fase final del Proceso, cuando los di-
rigentes independentistas aprobaron las leyes
de desconexión, se conectaron definitivamen-
te con la masa y con su fuerza disuasoria. Si
hasta el 1 de octubre fueron cumpliendo es-
crupulosamente todo lo que prometían –que
cumplían con sus compromisos fue siempre
uno de sus rasgos más destacados– es porque
creían tener dos millones de personas detrás.
Y entre ellas algunas decenas de miles capa-
ces de convertirse en una fuerza de choque,
pacífica, por supuesto. Ese convencimiento
era el resultado de las coreográficas manifes-
taciones de los últimos 11 de septiembre y de
la ingrávida echo chamber que había cons-
truido durante muchos años el ecosistema
mediático catalán, de cuyo funcionamiento,
como demuestran los pintorescos argumen-
tos de parte de la sentencia, los jueces del Su-
premo no han llegado a tener ni la más puñe-
tera idea. La potencia del ecosistema era tal
que no solo influía a los nacionalistas. Yo tu-
ve en aquel tiempo muchas conversaciones
con desmoralizados constitucionalistas que
veían inevitable la independencia, entre otras

razones, decían, porque el pusilánime Rajoy
nunca se atrevería a destituir a un Gobierno
y a meterlo en la cárcel.
Los independentistas pensaban otra cosa
fundamental. Jamás el Gobierno respondería
a su violencia con violencia. ¿Cómo iba a atre-
verse el Gobierno a frustrar a palos la volun-
tad de las masas? Entre sus cálculos nunca
estuvo la posibilidad de que el Gobierno se
arriesgara a que las televisiones de medio
mundo difundieran imágenes de violencia po-
licial contra pacíficos ciudadanos votando. El
acuerdo entre Puigdemont y Trapero asegu-
ró la inutilización de los Mossos: ni antes ni
durante trabajaron para impedir el referén-
dum. Y la larga jornada del día 20 ante el De-
partamento de Economía, que fue planeada
como un ensayo general de la pacífica violen-
cia necesaria para impedir el ejercicio de la
ley española, les dio singulares esperanzas.
El 1 de octubre se cumplieron en parte. Las
masas tomaron los centros de votación desde

bien temprano. A casi todos ellos llegó una
pareja de mossos. Venían a cumplir la ley y a
llevarse las papeletas y las urnas. Pero la ma-
sa les impedía el paso. La violencia instru-
mental, funcional y preordenada de la masa.
Y solo esa violencia. Los mossos se volvían
con el rabo entre las piernas –hasta las
mosses–, porque ésas eran las instrucciones
y su pasividad la otra indispensable violencia,
instrumental, funcional y preordenada. Sin
embargo, se produjo lo inesperado. Patrullas
dispersas de Policía española acudieron a va-
rios centros de votaciones y respondieron a la
violencia de los manifestantes con la violen-
cia de la ley. Una actuación logísticamente de-
sordenada, incluso caótica, casi siempre de
contención ejemplar, que se saldó con la úni-
ca desgracia grave de un ojo. Aunque nadie
podría llamar referéndum a aquello, la Policía
no pudo impedir que las votaciones continua-
ran. Pero su intervención acabó con el Proce-
so, aquel día mismo. Y lo hizo de un modo pa-
radójico. Es verdad que las televisiones y
webs de medio mundo emitieron esas imáge-
nes poco prestigiosas. Pero entre ellas esta-
ban las catalanas. Cientos de miles de catala-
nes supieron aquel día que en el choque de
dos violencias había perdido la suya.
Desde el 1 de octubre de 2017 la violencia
independentista se acabó en Cataluña. Nadie
volvió ni ha vuelto a salir a la calle. Salir a la
calle tiene su coste: lo expresaron con clari-
dad unos cuantos policías, haciendo uso de
una diezmillonésima parte de la fuerza del
Estado. Inercialmente, los acontecimientos si-
guieron su triste curso e incluso se proclamó
la independencia –celebrada en la calle por
pocos centenares de patriotas irredentos–,
porque a Puigdemont le resultó más fácil de-
jarse ir que asumir la dura ascesis de la derro-
ta. Pero la violencia de la masa, partera de la
historia, hizo su mutis definitivo.
Lo que ahora y durante unas pocas no-
ches habrá en este lugar donde escribo son
solo fuegos fatuos. Llamitas que en los pan-
tanos y cementerios se elevan de las sustan-
cias en putrefacción.

Fuegos fatuos


¡QUIA!


ARCADI


ESPADA


Torra, con el ex ‘lehendakari’ Ibarretxe a su derecha, ayer en la AP-7 a la altura de Gerona, en una de las marchas de protesta contra el fallo del Supremo. EFE


Son cachorros altamente
hormonados de la
burguesía nacionalista

La violencia de la masa,
partera de la historia, hizo
su mutis definitivo el 1-O

DESAFÍO SOBERANISTA LA OPINIÓN

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