Bordados con historia: relatos de artefactos textiles en la cuenca del Baker

(franvidalv) #1

U


na casa de madera, de resplandeciente color turquesa, rodeada de
un arcoiris de flores es el refugio de Eloísa Escobar Montecino
(1933) en las profundidades rurales del sector llamado Tres Lagos,
por el lago Juncal, Chacabuco y Largo.

Un serpenteante camino de tierra separa su campo desde la carretera
Austral, al sur de Cochrane. Resistiendo la modernidad, sin luz, señal de
teléfono, ni electricidad, Eloísa y su marido, Hernán Arratia Vidal, han
querido mantener su vida al ritmo de los tiempos antiguos. Suelen des-
pertarse a las cinco de la mañana para tomar sus mates junto a la cocina
a leña y estar “de amanecida” ordeñando las vacas en el corral. Para des-
pués seguir con las aves, las primeras en recibir su ración de comida y
agua, y luego preparar su contundente desayuno compuesto de: “caldi-
tos y unos bistocos”.

Siempre juntos y apegados a las tradiciones camperas: humean la carne
en un antiguo fogón, hacen sus propios quesos, lavan la ropa a mano,
ensillan sus caballos para salir a ver el ganado y cortan su propia leña de
los bosques de ñire que se asoman más allá de su casa. Terminan su día
arreglando uno que otro cerco. “Trabajo no falta”, afirma la bordadora,
quien encuentra un momento de paz cuando pone la olla para que se
hierva la carne: “Voy un rato al sauce o al corredor (de la casa) y allí
bordo”, comenta Eloísa.

Muchos oficios y talentos son parte de su vida, en medio de una agreste
y sobrecogedora geografía. “Yo ando por todos lados, a caballo, a pie, y
vamos hachando y desaboneando tierra y todo, carneo y soy ligeraza
para carnear, esquilo...”, relata con ese tono de voz tan dulce y audaz,
que encanta a quien la escucha.

Han sido 88 años en la Patagonia, toda su vida, desde que nació al otro
lado de la frontera en la Estancia Río Oro, en Argentina. “Yo no me hallo
en ninguna parte más que aquí”, relata esta maestra bordadora, conven-
cida de que finalmente este campo es su lugar, por más esforzados que
sean sus días y por más duros que vengan los inviernos. Ahí mantienen el
campo de más de 600 hectáreas, con la ayuda del menor de los Arratia
Escobar, Esteban.
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