Cleman, Belton y Samuel salieron rápidamente del edificio. Desde
ahí vieron a cientos de oficiales y civiles correr de un lugar a otro, mientras
que las sirenas de las ambulancias no paraban de sonar. Los tres estaban
parados frente a la entrada de la SCG, observando atónitos los disturbios.
En frente se extendían cuatro calles por las que podían transitar. De repente,
cerca de donde estaban, vieron a algunas personas lanzarse directamente al
pavimento desde un edificio en llamas.
—¡Q-Qué locura! —gritó Belton al ver esa lamentable escena.
—Va... ¡Vamos!... ¡Por Aquí! —exclamó Cleman mientras se dirigía
a un auto de policía blanco con franjas azules.
Belton y Sam corrieron detrás de él. El chico tenia su casco
activado.
—¡Siéntate a mi lado, mocoso!... ¡Belton, entra en el asiento trasero!
Robert tomó el volante encendiendo las sirenas rojas y azules del
techo.
—¿Por dónde, mocoso!?... ¡¿Dónde queda el edificio de tu abuela?
—¡Está a unas treinta calles! —Samuel activó la pantalla de sus
lentes inteligentes—. ¡Puedes girar aquí a la derecha y luego avanzar dos
calles a la izquierda!
Los agentes se sorprendieron por esos anteojos.
—Impresionante tecnología, niño —comentó Belton mientras iban a
gran velocidad.
El detective manejaba lo mejor que podía; esquivaba vehículos e
intentaba no atropellar a los civiles que cruzaban desesperados.
—Yo lo diseñé... —dijo Sam mirando concentrado el camino. El
chico hizo un gesto extendiendo el brazo hacia el frente, y avisó—: ¡Aquí,
aquí!... ¡Puedes ir derecho al pasar esta plaza!
—¡Recibido! —Cleman pisó el acelerador—. ¡Sujétense!
—¿Tú lo diseñaste?... ¡Eres un genio! —señaló el agente
sorprendido.
—¡Basta de charlas!!... ¡¡Y pónganse los malditos cinturones!! —
exclamó el detective.
Ellos obedecieron al instante, entonces Robert aceleró cada vez más.
Había tiendas, centros comerciales, restaurantes, y todo tipo de negocios